jueves, 29 de mayo de 2008

¿HASTA QUE PUNTO DA EL DINERO LA FELICIDAD? (POR ANA)

Estamos sentadas en este sitio mega fashion, en pleno barrio de Salamanca, medio coctelería, medio restaurante, medio bar de copas. Tiene una barra rectangular, alrededor de la cual nos vamos sentando los clientes, y desde la que nos miramos los unos a los otros con más descaro que otra cosa. Ya no salgo nunca y me produce una curiosidad tremenda esta fauna de edad avanzada (que no en avanzado estado de descomposición) que sigue fomentando, sin descanso, su ajetreada vida social. Somos de las más jóvenes del local y eso me hace esbozar una sonrisa porque ¡cuántas veces me encuentro en el caso contrario! Los/as camareros/as son jóvenes y atractivos y eso no debería incapacitarles para saber sumar y demás menesteres pero, en este caso en concreto, sospechamos que sí.


No nos vemos desde hace más de un mes y nos tenemos que poner un poco al día. Yo no tengo gran cosa que contar así que escucho la descripción (breve) de sus viajes intentando que la envidia no me corroa miserablemente. También nos ponemos al día en lo que a las gentes en común se refiere y, casualmente, hablamos de los pocos conocidos afortunados que no necesitan trabajar para vivir. Pregunto, curiosa, a qué dedica el tiempo libre (como diría Perales), es decir todo su tiempo, uno de ellos en concreto. Parece que se dedicaba a navegar, ahora ya menos porque ha tenido un hijo, y se dedica a hacer deporte. Lo de navegar me parece interesante, pero mi travesía en velero por el Cantábrico ya consumió todo el tiempo que estoy dispuesta a dedicar a tal actividad en mi vida. ¿Navegar y deporte? ¿Eso es todo? ¡Qué manera de tirar tiempo y dinero! – pienso (luego existo). También sale a colación otro nombre:…- y éste ¿Qué hace?- Se me informa de que éste otro está estudiando guitarra…
¿Qué haría yo en esta situación? Es fácil criticar pero claro ¡habría que vernos a los demás también! Me doy cuenta que yo no dejaría de trabajar, despotrico muchísimo de mi trabajo pero me gustan mis números. Me gustan los restos, me mantienen la mente despierta y ¿sería capaz de disciplinarme y hacerlo aunque no supusiera una obligación? ¿Cómo sustituiría todas esas horas intentando desentrañar el sexo de los ángeles entre las filas y columnas de mis ficheros Excel?


La conclusión a la que llegamos es que la ventaja real de una situación vital de este tipo es que te puedes permitir hacer aquello que quieres. A mi me puede parecer una aberración dejar pasar la vida sólo haciendo deporte o tocando la guitarra pero ¿no es aberrante pensar en seguir trabajando para una multinacional sin alma? Es que soy, definitivamente, rara.
El dinero no da la felicidad pero ¡qué bien la imita!

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